Entre comales y madrugadas: Cristina Madrigal sostiene un negocio familiar por el corredor a Imala
Desde las 4:40 de la mañana, Cristina Madrigal atiende junto a su madre un negocio familiar de guisos y burritos frente al fraccionamiento Los Ángeles, una historia de trabajo, constancia y comunidad al nororiente de Culiacán


A la orilla de la carretera a Imala, frente a la entrada principal del fraccionamiento Los Ángeles, hay un punto que ya es referencia para trabajadores y vecinos. No tiene letreros luminosos ni frases rimbombantes, pero sí comales encendidos, guisos humeantes y una cálida atención que se repite de lunes a sábado.
Ahí, desde temprano, Cristina Madrigal atiende junto a su madre -la señora Laura- el negocio familiar de burritos y guisos conocido como Tacos y burritos de guisos Laura.

Cristina comenzó a trabajar formalmente en este proyecto en 2019, aunque la historia empezó antes. En ese entonces estudiaba la universidad y ayudaba a su mamá “un ratito” en un puesto ubicado por la calle Revolución, en la colonia Hidalgo.
No tenían carro y el traslado era en camión, con lo indispensable: rajas, frijol, masa y comida para aguantar la jornada.
De vender por las tardes a madrugar sin excusas
Los primeros años el trabajo era por las tardes, de una a ocho, de lunes a sábado. Todo se armaba y desarmaba a diario. El cambio llegó cuando, casi por intuición, decidieron probar suerte rumbo a Imala, en un punto con mayor movimiento por las obras de la carretera y el flujo constante de trabajadores.
Primero fueron fines de semana. Luego, la respuesta positiva de la gente empujó la decisión: mudarse de lleno.
El negocio pasó por varias reubicaciones —junto a unas carnitas, luego en un estacionamiento y finalmente en el sitio actual— hasta consolidarse hace aproximadamente tres años con una carpa fija y una pequeña caseta.
Nada fue inmediato; todo fue paso a paso, como se construyen las cosas que duran.
El reto no siempre está en el clima
Cuando se le pregunta cuál ha sido el principal reto, Cristina no duda: el aclientamiento. Aunque actualmente es un establecimiento muy visitado por trabajadores, principalmente repartidores y de oficina, además de estudiantes.

Admite que al inicio hubo problemas con otros puestos y reportes al ayuntamiento. La solución fue directa y efectiva: tramitar permisos. Hoy operan de forma regular, reduciendo un riesgo que muchos comercios informales siguen enfrentando.
El clima, la movilidad y la variación en la afluencia también pesan, pero la mayoría de las personas reconoce el esfuerzo. “Está muy buena la comida”, les dicen. Y en un negocio de comida, ese comentario vale oro… o al menos otro burrito.
Madrugar para que otros desayunen
La jornada comienza mucho antes de que el primer cliente llegue. Cristina se levanta alrededor de las 4:40 de la mañana. Los guisos se preparan desde la noche anterior o al amanecer, según la dinámica del día.
Se pica verdura, se fríen chiles, se acomodan bandejas y se cargan utensilios.
A las 7:30 de la mañana empieza la venta y termina alrededor de las 3:30 de la tarde. Los sábados, a veces antes. El menú cambia, pero suele incluir huevo con chorizo, chicharrón en salsa verde, bistec, cochinita y pollo en crema chipotle.
Comida rápida, sí, pero hecha con calor de hogar y mucha constancia.
Un negocio que sostiene a cuatro generaciones
En este esfuerzo participan cuatro personas de la familia: la madre de Cristina, su hermana (que apoya desde casa lavando loza y preparando insumos), su abuela, quien amasa, y ella misma, que hace de todo un poco: cobra, arma burritos y atiende a los clientes.
Más allá del ingreso económico, lo que más satisface a Cristina es la relación con la gente. Reconocer caras, intercambiar bromas mañaneras y construir confianza cotidiana. Comunidad servida en tortilla de harina o de maíz.
Estudios, pausas y futuros posibles
Cristina estudió Criminalística y concluyó la universidad, aunque no ha ejercido. La falta de título en su momento y las condiciones actuales del sector la hicieron pausar ese camino. No descarta retomarlo si el contexto mejora, aunque reconoce que no es sencillo.
Curiosamente, su otra vocación siempre fue la gastronomía. Hoy la ejerce sin diploma, pero con práctica diaria. El único pendiente, dice entre risas, es aprender a amasar tortillas. Un detalle técnico que, visto a futuro, puede marcar la diferencia cuando la responsabilidad sea completamente suya.
Mientras tanto, el comal sigue caliente. Y en un Culiacán que necesita historias de trabajo silencioso y resistencia cotidiana, el puesto de Cristina Madrigal demuestra que también desde un burrito bien hecho se puede sostener —y alimentar— el futuro.

















