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“La confianza es lo más importante”, dice Víctor Manuel, bolero desde hace 4 décadas en Culiacán

Desde los 12 años, Víctor Manuel Escobar aprendió a lustrar calzado en el Mercado Garmendia. Hoy, a los 54 años, combina ese oficio con otros trabajos, defendiendo la dignidad del trabajo y la confianza de la gente en Culiacán

14 enero, 2026
Víctor Manuel Escobar, bolero desde los 12 años, ha dedicado más de cuatro décadas a lustrar calzado en Culiacán. Su historia habla de oficio, adaptación y del valor de ganarse la confianza cliente a cliente. | Imágenes de Francisco Castro
Víctor Manuel Escobar, bolero desde los 12 años, ha dedicado más de cuatro décadas a lustrar calzado en Culiacán. Su historia habla de oficio, adaptación y del valor de ganarse la confianza cliente a cliente. | Imágenes de Francisco Castro

En el patio frontal de su casa, en Santa Fe, mientras el cepillo para lustrar calzado corre con ritmo aprendido a fuerza de años, Víctor Manuel Escobar Camacho habla sin prisa, recargado en su silla de trabajo.

Tiene 54 años y más de cuatro décadas de experiencia en un oficio que hoy parece discreto, pero que durante años fue un motor económico y social en Culiacán: la lustración y reparación de calzado.

Tras la caída del trabajo por la inseguridad y la pandemia, Víctor Manuel combinó su oficio con empleos formales como mesero y trabajador en Walmart.
Tras la caída del trabajo por la inseguridad y la pandemia, Víctor Manuel combinó su oficio con empleos formales como mesero y trabajador en Walmart.
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“Ganarse la confianza en la gente es lo más importante”, subraya.





Su infancia en la colonia Lázaro Cárdenas

Víctor llegó a Culiacán cuando tenía apenas cuatro años. Sus padres, provenientes del sur del país, se asentaron en la colonia Lázaro Cárdenas, una zona popular donde el esfuerzo diario era regla, no excepción. 

Su padre, albañil, iba tras las grandes obras; su madre decidió quedarse, echar raíces y sacar adelante a cuatro hijos. “Cuando más lo ocupamos, él se fue”, recuerda Víctor sin rencor, pero con claridad. La vida no dio tregua y el trabajo llegó temprano.

Antes de los 10 años vendía periódicos. A los 12, como muchos niños de su cuadra, se convirtió en bolero.


La historia es casi colectiva: un vecino fabricó cajones de madera para sus hijos; los demás niños imitaron la idea y bajaron al antiguo Mercado Garmendia

“Éramos como 40 boleros abajo y otros 40 arriba. Aquello estaba lleno. Una chulada”, dice, con una sonrisa que se asoma entre la nostalgia y el orgullo. La boleada costaba centavos, pero el dinero rendía y, sobre todo, enseñaba.

El Garmendia fue su escuela

El mercado fue escuela. Ahí aprendió que el brillo no solo está en la cera, sino en el trato. Nunca decirle al cliente que su zapato es corriente; siempre darle la razón; dejarlo contento. “El cliente vuelve si se va a gusto”, resume. 

Esa filosofía lo acompañó cuando pasó del Garmendia a la central camionera vieja, por el bulevar Gabriel Leyva Solano, donde trabajó 15 años, y luego a la central nueva, donde permaneció dos décadas más.

Víctor inició como bolero en el Mercado Garmendia a los 12 años y trabajó durante más de 3 décadas en la central camionera, convirtiéndose en especialista tanto en lustrado como en reparación de calzado.
Víctor inició como bolero en el Mercado Garmendia a los 12 años y trabajó durante más de 3 décadas en la central camionera, convirtiéndose en especialista tanto en lustrado como en reparación de calzado.

En esos espacios, la competencia entre boleros era intensa, pero formativa. “¿Quién dejaba el zapato más brilloso?”, recuerda. Ganarse un cliente era casi una conquista: si quedaba satisfecho, ya no se iba con nadie más. La confianza se volvía fidelidad, y la fidelidad, sustento. 

En los mejores años, el flujo era constante. No paraban. La central era un hervidero de historias, trayectos y monedas bien ganadas.


De lustrador a reparador de calzado

Con el tiempo, Víctor amplió su oficio. A los 19 años quiso aprender reparación de calzado. No fue fácil: nadie regala el conocimiento. Insistió, observó, preguntó, aprendió poco a poco con la ayuda de un viejo reparador que sí entendió el valor de enseñar

Hoy es especialista en cambio de suelas, costuras y reparaciones funcionales. No trabaja con botas vaqueras —“tienen otro molde”—, pero sabe decir cuándo un zapato ya no tiene remedio.

“Prefiero decir la verdad y que no gasten”, explica.


La vida, como los zapatos, también se desgasta. La violencia y, más tarde, la pandemia vaciaron la central camionera. Las corridas se redujeron, la gente se guardó y muchos oficios quedaron fuera

Víctor no se quedó quieto. Ya había trabajado como mesero y ese conocimiento lo ayudó a amortiguar la caída. Hoy combina su oficio tradicional con un empleo en Walmart, donde apoya en distintas áreas. No se queja: se adapta.

Vive desde hace 28 años en la esquina de San Agustín y San Valentín, a una cuadra del bulevar Santa Fe, en el fraccionamiento del mismo nombre, al norte de Culiacán.

Una silla con historia y una familia sólida

La silla donde hoy lustra zapatos tiene su propia historia. Abandonada en la central, deteriorada, Víctor la rescató, la arregló, le puso ruedas y sombra. Ahora está en su casa, atendida también por su esposa Noemí, quien recibe a los clientes cuando él no está.

Víctor formó una familia pequeña pero sólida. Tiene una esposa y una hija de 28 años, profesionista e independiente. Durante años, junto a sus suegros, impulsaron pequeños negocios: una taquería, una tiendita. Nada fue inmediato ni fácil, pero todo sumó. 

“Trabajábamos sin sueldo para que el negocio caminara”, recuerda. El objetivo siempre fue el mismo: estabilidad.


En su paso como bolero conoció de todo: ciudadanos comunes, políticos, funcionarios. Algunos les decían “estudien”. No todos lo hicieron, pero aprendieron otra cosa igual de valiosa: responsabilidad, trato humano y constancia

Hoy, Víctor no idealiza el pasado ni se lamenta por el presente. Sabe que los oficios cambian, pero también que la dignidad del trabajo permanece. 

Su historia es extraordinaria en términos humanos. En cada zapato bien lustrado hay una lección simple y poderosa: hacer bien lo que toca, decir la verdad y seguir adelante. El brillo, al final, no se pierde. Solo se renueva.




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