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María Lidia ha forjado una tradición familiar en la verbena de Navolato

María Lidia Lleva tres décadas de perseverancia en el puesto donde convergen historias de vida y tradición.

16 enero, 2024

Era el anochecer de una tarde cualquiera cuando la propuesta de Heriberto Sáenz resonó en los oídos de María Lidia Ríos Valenzuela. “¿Te gustaría trabajar en la Verbena?”, recuerda después de más de casi tres décadas.

Con 26 años dedicados a la venta en la Verbena de Navolato, María Lidia, originaria de La Cofradía de La Loma, recuerda con claridad cómo se gestó esta travesía que se ha convertido en un capítulo inolvidable de su vida.

Luego de ese sencillo cuestionamiento, se inició un viaje de sacrificios, tradición y amor por su familia. Aquella decisión no fue fácil; eran seis niños pequeños que habitaban su hogar, y la perspectiva de involucrarlos en esta empresa requería más que solo pensarla.

La decisión final se tomó con el propósito claro de mantener a sus hijos ocupados durante las épocas de la adolescencia y como un aliciente económico durante las fechas de los gastos decembrinos.

"En aquellos tiempos los niños estaban algunos en secundaria y los otros en primaria, entonces aprovechamos que era la edad de la vagancia y ellos querían ir a dar la vuelta y decidimos que su tiempo se utilizaría para que estuvieran ocupados y no se nos hicieran vagos, porque son cuatro varones y el riesgo era grande", recuerda María Lidia sobre aquellos primeros momentos.

El modesto puesto inicial, construido con tablas y láminas viejas se ubicaba frente al Palacio Municipal, ahí Lidia y su familia enfrentó desafíos inesperados cuando perdieron su lugar original. Pero en lugar de desmoronarse, María Lidia recurrió a su fe y determinación. Pidió un espacio propio y, de manera providencial, le otorgaron un lugar frente de la iglesia de San Francisco de Asís, un espacio que ella considera más que un lugar para vender, un regalo que le concedieron.

"El que es perico, dondequiera es verde", expresó María Lidia, evocando aquellos primeros días de tablas y láminas. La Verbena, que comenzó con la venta de ropa interior de bebé y juguetes económicos, evolucionó gracias a la colaboración de amigos que facilitaron el acceso a productos al mayoreo. Pero detrás de la aparente simplicidad de la transacción comercial, hay una historia de sacrificios y amor incondicional.

La jornada actual es extenuante, desde las 8:30 de la mañana hasta las 10:00 u 11:00 de la noche. "Es muy pesado porque son muchas horas. Es un sacrificio que todos los compañeros hacemos", comparte María Lidia. Pero este sacrificio es un acto de amor y esperanza, una entrega completa al evento que va más allá de lo comercial.

Con una mirada nostálgica, recuerda que inicialmente vendían hasta mayoreo, incluso yoyos que su esposo traía desde Culiacán. "Fueron tiempos difíciles, me desesperaba a ratos porque estaban chiquitos los niños, era muy pesado, pero sí esos recuerdos nos traen buenas recompensas", comparte para Tus Buenas Noticias, recordando los días de agitación y responsabilidad mientras equilibraba el trabajo y la crianza de sus hijos.

Su conexión con la Verbena va más allá de lo comercial; es una conexión con p style="text-align: justify;">Era el anochecer de una tarde cualquiera cuando la propuesta de Heriberto Sáenz resonó en los oídos de María Lidia Ríos Valenzuela. “¿Te gustaría trabajar en la Verbena?”, recuerda después de más de casi tres décadas.

Con 26 años dedicados a la venta en la Verbena de Navolato, María Lidia, originaria de La Cofradía de La Loma, recuerda con claridad cómo se gestó esta travesía que se ha convertido en un capítulo inolvidable de su vida.

Luego de ese sencillo cuestionamiento, se inició un viaje de sacrificios, tradición y amor por su familia. Aquella decisión no fue fácil; eran seis niños pequeños que habitaban su hogar, y la perspectiva de involucrarlos en esta empresa requería más que solo pensarla.

La decisión final se tomó con el propósito claro de mantener a sus hijos ocupados durante las épocas de la adolescencia y como un aliciente económico durante las fechas de los gastos decembrinos.

"En aquellos tiempos los niños estaban algunos en secundaria y los otros en primaria, entonces aprovechamos que era la edad de la vagancia y ellos querían ir a dar la vuelta y decidimos que su tiempo se utilizaría para que estuvieran ocupados y no se nos hicieran vagos, porque son cuatro varones y el riesgo era grande", recuerda María Lidia sobre aquellos primeros momentos.

El modesto puesto inicial, construido con tablas y láminas viejas se ubicaba frente al Palacio Municipal, ahí Lidia y su familia enfrentó desafíos inesperados cuando perdieron su lugar original. Pero en lugar de desmoronarse, María Lidia recurrió a su fe y determinación. Pidió un espacio propio y, de manera providencial, l

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