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Tesoros que encierra La Lomita de Culiacán

Antigua Capilla, hoy Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.

Tesoros que encierra La Lomita de Culiacán

El templo La Lomita, dedicado a la Virgen de Guadalupe, está situado sobre un cerro en las colinas del sur de Culiacán, fue erigido a finales del siglo XIX o principios del siglo XX, y se atribuye su construcción también al Ingeniero Luis F. Molina, sin embargo, el propio Molina no la menciona en su autobiografía en el capítulo donde describe las obras que construyó en Culiacán.

Pudiera tratarse de una omisión involuntaria o quizá sus dimensiones y estilo constructivo no correspondían al estilo académico de corte neoclásico que caracterizó a su obra material. La capilla original transmitía mensajes de sencillez, sobriedad, ausencia de adornos o motivos barrocos, con un frontispicio que alojaba un campanario el cual coronaba el cuerpo principal del edificio de una sola nave que remataba en el altar y daba cobijo, protección a los visitantes; el templo de modestas dimensiones simbolizaba los valores morales implícitos en el culto a la guadalupana.

Por su calidad de monumento religioso le venía bien su posición en las alturas con  la ciudad a sus pies; en tiempos de su construcción y durante muchos años después, La Lomita se consideraba un lugar de las afueras de la ciudad que ofrecía la oportunidad de viajar hacia ella  para gozar de un feliz  día de campo y para el sano esparcimiento.

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Es tradición en la mayoría de los pueblos y ciudades a lo largo y ancho de la República, construirle su capilla a la virgen morena en el sitio más elevado y cercano a la ciudad, creando un espacio de religiosidad donde la grey católica se reúne, va a rendir culto a la virgen todos los años, en forma de procesiones, romerías, verbenas, antes, durante y después del día 12 de diciembre, fecha en que el santoral de la iglesia católica lo dedica a honrar y venerar a la virgen del Tepeyac.

La fiesta de la Guadalupana es la más significativa de todas las fiestas religiosas que se celebran en México por su contribución al fortalecimiento de la unidad nacional, la identidad cultural; su iconografía reúne todos los signos, símbolos que nos remiten a los orígenes del mestizaje y de la mexicanidad.

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Estos sitios se asemejan al del Cerro del Tepeyac en la ciudad de México donde está el antiguo santuario -contiguo a la actual Basílica de Guadalupe- donde según la tradición católica allí tuvieron lugar las cuatro apariciones de la virgen a san Juan Diego, divinidad que le concedió el milagro de curar a su tío y luego recibir un mensaje para el Obispo Zumárraga que en ese lugar le construyera su iglesia.

El acceso al templo era, hoy también lo es, por una gran escalinata de estilo neoclásico construida a fines de la primera década del siglo pasado que parte del nivel más bajo de la falda del cerro y lleva hacia la explanada y la entrada al edificio; pese a que esta vía de acceso tiene poco más de cien años de construcción, por  afortuna no ha sido intervenida, conserva su estilo original y el uso que hoy tiene  es el mismo que pensó su constructor: subir la escalinata en señal de sacrificio y dar gracias a la virgen por un favor recibido.

Igual que el Templo, la escalinata tiene su historia: fue construida por el gobernador Ramón F. Iturbe (1917-1920), según algunos historiadores como promesa ofrecida a la virgen para que lo sacara ileso de una batalla, y según otros como promesa de amor a su esposa; versión que se acercaría a la verdad si lo ligamos con la personalidad del general Iturbe, a quien el entonces Cronista de Culiacán don Herberto Sinagawa Montoya describe en su magna obra “Sinaloa Origen y Destino” como sigue:

“Iturbe tenía la convicción de obrar bajo el imperativo del bien, moral y religiosamente. No en valde era el único general revolucionario que creía en Dios y que Afirmaba sus creencias en voz alta. Y eso solo, creer en Dios, lo levantaba a gran altura sobre todos sus compañeros de armas, casi siempre descreídos, ignorantes, bárbaros, audaces, sin ningún sentido de los valores humanos y desconectados de los impulsos hacia la virtud”.

Tengo gratos recuerdos de mi niñez jugando en esta escalinata. Las monjas del Colegio Sinaloa donde estudié mis tres últimos años de primaria (1954/1957) nos llevaban una vez al mes a visitar a la virgen con la enorme sorpresa de       que nos esperaba en la puerta de ingreso el Señor Obispo don Lino Aguirre García, quien nos recibía sentado con su vestimenta color púrpura, cada uno haciendo fila se acercaba inclinándose en señal de saludo y respeto.

La humildad del Obispo era sorprendente e impresionaba a toda la chiquillada del Colegio Sinaloa y por supuesto también a las Madres Educadoras.

En el libro titulado La Modernidad Arquitectónica de Sinaloa, el autor, arquitecto Alejandro Ochoa Vega, afirma que “el Santuario original fue realizado por el arquitecto Luis F. Molina durante el porfirismo y fue demolido y sustituido por el nuevo que ha sobresalido desde entonces por su gran estructura paraboloide hiperbólica, y que sirve de remate hacia el sur del eje más importante de la ciudad, la avenida Álvaro Obregón. Fue realizado por el arquitecto Jorge Molina Montes (, Mérida, Yucatán, 1927)”.

Resulta curioso que un arquitecto de apellido Molina haya construido la capilla original, otro arquitecto del mismo apellido la demolió y construyó el actual edificio proyectándola hacia el futuro con moderno estilo arquitectónico. En el pensamiento místico religioso, este tipo de coincidencias significan mensajes que ameritan una interpretación.

El arquitecto Molina Montes vino a Culiacán invitado por el arquitecto Jorge González Reyna quien junto con el ingeniero de origen español Gonzalo Ortiz de Zárate fundaron en Culiacán la compañía constructora Casas y Obras en la década de los años 50’s del pasado siglo, etapa de despegue económico de la ciudad que impactó sensiblemente su crecimiento urbano.

Ortiz de Zárate fue discípulo del mundialmente famoso arquitecto español exiliado en México, Félix Candela (1910-1997), creador de la tecnología constructiva a base de cascarones de concreto, hormigón armado, formando figuras geométricas, tecnología utilizada en este proyecto innovador logrando salvar un claro de 25 metros que es el ancho del santuario, espacio suficiente para mil personas sentadas sin pilares de Apoyo de intermediación.

Esta tecnología que se aplicó por primera vez en Culiacán solo se había utilizado en las ciudades de México, Guadalajara y Monterrey, con obras emblemáticas construidas por el arquitecto Candela y sus discípulos, como la iglesia de La Medalla Milagrosa en la Colonia Narvarte en el entonces Distrito Federal, la iglesia de La Purísima Concepción en Monterrey.

Esta obra marcó un hito en la modernidad arquitectónica de la ciudad, reflejo del impacto del desarrollo agroindustrial que hizo posible esta construcción salvando obstáculos como la falta de maquinaria y materiales necesarios que no había en la ciudad obligando a traerlos desde Guadalajara, el Distrito Federal incluso de los estados Unidos; en esos años Culiacán era una pequeña ciudad en pleno desarrollo, su población apenas alcanzaba la cifra de cincuenta mil habitantes.

Las obras se iniciaron desde 1958, se prolongaron hasta 1967 y fueron dirigidas por el arquitecto José Tena y el propio ingeniero Ortiz de Zárate. Además, participaron en el proyecto ejecutivo, desde la ciudad de México, los arquitectos Rafael Escalante, Ernesto Ávila y Jorge Segura.

La estructura del hoy moderno Santuario de Guadalupe es especialmente significativa por ser la primera en utilizar los cascarones de concreto en la región, también por la estética en la forma del cascarón que se logró a base de líneas curvas y rectas perfectamente proporcionadas que juegan rítmicamente con el paisaje urbano.

Otro de los tesoros de esta icónica iglesia son los vitrales de extraordinario colorido y bellas formas, una suerte de mural, creación artística que juega con la luz que atraviesa las piezas de vidrio de diferente color creando en su interior un ambiente que provoca emociones y sentimientos de felicidad en el visitante.

En las artes visuales tanto el mural como el vitral sirven para contar una historia, las del santuario son las apariciones de la virgen de Guadalupe y la conquista espiritual por los misioneros evangelizadores que llegaron durante y después de la conquista de México.

Los vitrales están instalados en los enormes ventanales geométricos, dos triángulos de cada lado (oriente y poniente) y uno al frente del cascarón (al norte). Es un privilegio contar con esta obra monumental de valor patrimonial tanto por su estilo arquitectónico innovador como por sus artísticos vitrales, para goce de los que visitan el Santuario; no se pierdan la maravillosa experiencia de gozar, disfrutar de los vitrales de La Lomita.

Fueron realizados entre 1964 y 1966 por Casa Montaña que opera en Torreón, Coahuila, propiedad de Gabriel Montaña y su hijo Fernando Montaña, herederos de este oficio, legado de su abuelo que lo aprendió trabajando como vitralista en la famosa Casa Pellandini, uno de los talleres más prestigiados que existieron en México desde fines del siglo XIX cuyos trabajos le dieron valor artístico a muchos de los edificios e iglesias del Centro Histórico de México y en otras ciudades de la república.

El 1 de diciembre de 2017, al término de trabajos de restauración, el Obispo de Culiacán Jonás Guerrero Corona, consagró el Templo y el Altar dedicándolo en honor de Nuestra Señora de Guadalupe.

El santuario es visitado por miles de fieles guadalupanos a lo largo del año, especialmente el Día de la Virgen de Guadalupe, el 12 de diciembre, que es la fiesta religiosa más importante del año de la grey católica.

En los últimos años el Santuario ha sido la sede del Concierto de Navidad ejecutado por la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes, y el Coro de la Ópera, evento artístico musical de mucha aceptación por el público amante de la buena música, y podemos asegurar que ya es una tradición cultural en la ciudad, así como se acostumbra en la época navideña en prestigiadas ciudades de otros países en el mundo. 

 

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