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Historias de cocina

Con sus mariscos Chayito es una tradición en Navolato

Desde hace 40 años empezó a preparar sus deliciosos platillos del mar.

Con sus mariscos Chayito es una tradición en Navolato

Ubicada en el pleno corazón de Navolato los mariscos Chayito ya forman parte del día a día de los navolatenses. Rosario Arroyo Ávalos es muy conocida por todos. Desde hace 40 años fundó su negocio de mariscos, en donde el mejor referente es el delicioso sabor de sus cocteles.

La vida le ha sonreído. Chayito nació en Culiacán, pero desde que era muy jovencita llegó a Navolato, por lo que ya se siente más navolatense que culichi.

“Yo llegué a Navolato cuando era una jovencita. Tenía a penas 16 años cuando me vine a vivir aquí con mi esposo. Ya soy más navolatense que culichi”, dice entre risas.

Mientras abre algunas piezas de ostión para preparar un “molcajete”, reconoce que la vida no ha sido sencilla. Como a todos, le tocó batallarle.

Primero para adaptarse a su nueva vida de casada a temprana edad, luego eso de ser madre joven, no era para nada sencillo según recuerda.

“Uno tiene que ir adaptándose a cada etapa de su vida. Primero porque te casas, luego porque tienes hijos, de ahí hay que ayudar a mantenerlos, hasta que ves que son hombres de bien”, dice con satisfacción.

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Aunque Chayito tiene muchos años con su carreta de mariscos y eso le llena de satisfacción, lo que hace que su corazón rebose de dicha es ver que sus siete hijos son al día de hoy hombres y mujeres preparados que se esfuerzan por salir adelante.

“Con mi trabajo he logrado ayudar a mis hijos para que ellos estudiaran una carrera. Seis de ellos ya son recibidos y ahora tienen buenos trabajos con los que salen adelante, y a su madre no la dejan en abandono. Siempre ven por mí”, dice con el orgullo de sentirse una madre afortunada.

Chayito recuerda que cuando empezó a vender mariscos tenía a penas una mesita en la que recibía a sus clientes, les preparaba cocteles, aguachile, ceviche y todo lo que buscaran.

“Al principio era muy difícil, tenía la venta en una mesita pequeña, ahí recibía a los que llegaban buscando mariscos. Les hacía sus platillos y poco a poco la gente regresaba, como que les gustaba y así me hice de muchos clientes”, dice.

Y Chayito tiene razón. A pesar de las dificultades que le tocó sortear mientras era una joven madre, se iba ganando poco a poco el cariño de la gente de Navolato. Esos que llegaron como clientes, ahora son amigos que continúan degustando de sus exquisitos platillos.

“En un negocio sí tiene mucho que ver que uno sea un buen anfitrión. Si la gente viene es porque le gusta como los atiendes, el sabor de los platillos y sobre todo como los tratas. Nadie vuelve a donde no se siente bienvenido”, dice con mucha razón.

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Ella sabe que al cliente se le trata con respeto y que se le debe dar un buen servicio, porque no solo es necesario que el platillo sea delicioso, sino que los clientes se sientan en confianza, según su experiencia.

 Esa experiencia que ha adquirido después de muchos días de bonanza y muchos otros de dificultad.

Es que no siempre han sido días buenos. Lo dice al recordar que hubo momentos en los que le parecía difícil enfrentar ciertas situaciones.

“Aquí crecieron mis hijos conmigo, los traía al negocio cuando no había en dónde dejarlos, pero todos han pasado por aquí, todos han ayudado y la verdad si me siento orgullosa de ellos y sobre todo de que, aunque hubo momentos difíciles, siempre pude salir adelante. Es que uno es gente de trabajo”, reflexiona.

Tan es así, que Chayito ha sido el mejor ejemplo que tienen sus hijos. Desde muy tempranas horas del día, está en pie para preparar y organizar todo lo necesario para iniciar la venta del día.

Hoy, ya no está en la mesita que tenía cuando inició. Hoy, tiene una carreta establecida con todo lo necesario. Mesas para recibir a los comensales y un toldo que le brinda protección de los días acalorados y las tardes de lluvia en Navolato.

Recuerda cómo ha cambiado la ciudad, pero lo que no cambia es el cariño de la gente, que llegan a sentirse como de la familia.

“Siempre he sido muy afortunada, aquí en Navolato formé mi familia. Cuando llegas, la gente te arropa como si fueras de la familia. Siempre te tienden una mano cuando lo necesitas. Eso no se cambia por nada”, dice con una voz de agradecimiento al tiempo que sirve a un cliente uno de sus molcajetes rebosados.

Nomás de verlos u olerlos se me hace agua la boca. Y ya que andamos en eso: Chayito, yo también quiero un molcajete, pero sin cebolla.

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