¿Quieres resumir esta nota?
Existe un dicho popular que asegura que “la fe mueve montañas”, y en Rosario esa frase parece haberse convertido en realidad.
La historia del Santuario de Nuestra Señora del Rosario, considerado actualmente uno de los templos religiosos más importantes y visitados del noroeste del país, es también la historia de un pueblo que logró desmontar piedra por piedra una antigua iglesia para reconstruirla en un nuevo lugar.

Ubicado sobre la calle Mariano Escobedo, entre Luis Donaldo Colosio y Juan Carrasco, este recinto resguarda una parte fundamental de la identidad histórica, cultural y religiosa de Rosario, al sur de Sinaloa. Cada año recibe a miles de peregrinos que llegan para venerar a Nuestra Señora del Rosario, patrona del municipio.
La historia del santuario se remonta a más de dos siglos y medio atrás, de acuerdo con los registros históricos recopilados por el cronista e historiador rosarense Leopoldo José H. Bouttier.
Los orígenes de la iglesia rosarense
La primera iglesia dedicada a Nuestra Señora del Rosario fue construida entre los años 1758 y 1771. Elaborada con piedra de cantera, se convirtió durante décadas en el principal centro espiritual de la población y en el lugar donde fue resguardada la imagen de la Virgen del Rosario.
Actualmente, este antiguo recinto es conocido como “Las Ruinas de la Iglesia” o “La Iglesia Vieja”, uno de los sitios históricos más representativos del municipio.

Sin embargo, el desarrollo minero que impulsó la economía local también provocó serios problemas para el edificio. La explotación de una veta de plata en una zona cercana, donde hoy se encuentra la Laguna del Iguanero, ocasionó daños estructurales que con el paso de los años pusieron en riesgo la estabilidad del templo.
A pesar de los esfuerzos realizados por la empresa Minas del Tajo para evitar mayores afectaciones, el deterioro continuó hasta convertir la construcción en un lugar inseguro.
El traslado de un templo histórico
Ante esta situación, el presbítero Deodoro Otero emprendió las gestiones necesarias para obtener los permisos civiles y religiosos que permitieran desmontar la iglesia y rescatar la mayor cantidad posible de materiales para construir un nuevo templo.
La tarea representaba un enorme desafío para la época. No solo se buscaba levantar una nueva iglesia, sino conservar gran parte de la estructura original que por décadas había sido símbolo de la fe rosarense.
De acuerdo con los registros históricos, fue a principios de la década de 1930 cuando iniciaron formalmente los trabajos de desmontaje. La empresa Minas del Tajo colaboró en las labores hasta 1939, cuando dejó inconclusa una parte importante del proyecto.
Posteriormente, integrantes del Sindicato de Mineros de Rosario continuaron con la construcción durante aproximadamente cinco años, permitiendo que la obra siguiera avanzando.
La fe de un pueblo hizo posible la obra
Cuando cesó el apoyo de la empresa minera y del sindicato, el padre Deodoro Otero convocó directamente a la población para continuar con la construcción. La respuesta fue inmediata. Hombres y mujeres comenzaron a aportar trabajo, materiales y recursos económicos para seguir levantando el nuevo santuario.
Los trabajos para concluir el edificio se extendieron por cerca de 30 años bajo la dirección del padre Otero, convirtiéndose en una de las mayores muestras de unidad y devoción en la historia de Rosario.
Entre las personas que realizaron aportaciones importantes destaca la rosarense Simona Martínez, esposa del empresario minero Lewis Leonard Bradbury. Tras quedar al frente de los negocios familiares, contribuyó significativamente para impulsar la construcción del templo.
Finalmente, después de décadas de esfuerzo colectivo, la obra quedó concluida y fue consagrada el 29 de septiembre de 1961 por el entonces obispo de Mazatlán, monseñor Miguel Ángel García.
Desde entonces, el recinto se consolidó como uno de los principales centros de peregrinación del noroeste de México. Entre sus principales atractivos destaca su impresionante retablo bañado en oro, del cual se dice que parte del metal utilizado provino de las minas explotadas en el propio municipio.
La devoción a Nuestra Señora del Rosario continúa vigente hasta nuestros días. Cada primer domingo de octubre miles de fieles provenientes de distintas regiones de México y del extranjero llegan para participar en las festividades patronales.
Reconocimiento como Santuario Mariano Diocesano
Debido a la gran afluencia de peregrinos y a su relevancia religiosa, el 12 de abril de 2016 el templo fue erigido oficialmente como Santuario Mariano Diocesano, reconocimiento que fortaleció aún más su importancia dentro de la Iglesia Católica en la región.
A las afueras del santuario también se encuentra una estatua de la cantante rosarense Lola Beltrán, una de las máximas exponentes de la música mexicana. La artista realizó importantes aportaciones para el templo y durante muchos años acudió a interpretar las tradicionales mañanitas en honor a la Virgen del Rosario.

Hoy, el Santuario de Nuestra Señora del Rosario no solo es un espacio de oración y peregrinación, sino también un símbolo de la fe, la identidad y la unión de un pueblo que logró preservar su patrimonio religioso gracias al esfuerzo de generaciones enteras de rosarenses.










