Alhuey, bella flor del Évora, en Angostura Sinaloa
Entre la memoria del agua, la riqueza agrícola y la nostalgia de sus habitantes, Alhuey permanece como un símbolo vivo del Valle del Évora, donde historia, paisaje y tradición siguen floreciendo


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En la intersección de dos caminos principales que cruzan el fértil Valle del Évora, en el estado de Sinaloa, se halla un pueblo que no por pequeño ha de ser menospreciado: Alhuey, Angostura. Allí las cosas tienen ese modo de estarse quietas, como si el tiempo se hubiera quedado a vivir en el puro nombre.
Es un asentamiento de hondo origen precolombino cuyo nombre, nacido de la lengua cahita, significa “Agua grande” o “Mucha agua”. Hace honor a esa laguna que ya nadie ve, pero que se tendía justo a la entrada por el lado norte, a mano izquierda viniendo del rumbo de Guamúchil.
Y es que plugo a Dios bendecir a esa tierra de esta manera, dotándola de una abundancia acuífera que dio vida a sus habitantes originarios, y cuyo eco bendice todavía a los que ahora la habitan.
La flor nacida de la laguna
En aquellos espejos emergía la flor de una planta acuática que allí llamaban capomo, la cual se abría sobre el agua con una belleza que no pedía permiso; y Alhuey mismo era así: una bella flor brotando del agua grande. 
Abajo, entre el lodo, la planta echaba unos tubérculos de notable dureza, similares en dimensiones a un betabel, cuyo interior se tornaba comestible tras un buen hervor.
Eran tiempos en que el pueblo estaba rodeado de monte, un tupido follaje que le daba un resguardo de sombra y verdor que hoy solo vive en la memoria de los viejos.
Pero luego vino el desmonte y esto, aunado a la construcción de la presa arriba de Guamúchil, provocó que la tierra se fuese soltando hasta que terminó por sepultar el agua bajo un manto de erosión. Ahora, la laguna es un puro recuerdo que se ha vuelto polvo.
La luna que alumbra los recuerdos
Fue precisamente en Alhuey donde vi mi primera luz, gracias a Dios. Yo mismo vine a dar a este mundo cuando el año se iba serenando, en esos días de octubre en que la luna se desprende del cielo con una blancura de plata vieja. Por cierto, se dice —y se dice bien— que la luna de octubre es la más hermosa de todas; es como si bajara un poco más para ver qué se nos ofrece.
El encanto de esa claridad no se extingue ni con el olvido que levanta el viento, si la sabes apreciar; y es bajo ese resplandor que la población luce en medio de la noche despojada ya del negro manto, la hermosura de su rostro.
Conforme el brillo esplendente de la mañana ilumina el valle, la belleza del entorno nos impele a recorrerlo, cuando menos con la mirada. Pero no se trata de presumir lo que no se tiene, porque Alhuey no busca ruidos ajenos. Su encanto es de otra clase: la de ser, por derecho propio, el corazón del Valle del Évora. 
El corazón de Alhuey
Su plazuela, curiosamente, no está en el centro geográfico del caserío, sino a la entrada, a un costado del templo católico. Se presenta de frente a quien llega desde el rumbo de Guamúchil, sin desatender a los que entran por el sur, provenientes de Angostura o de otros pueblos circunvecinos.
Es allí, en el sosiego de su plazuelita, donde el silencio se acomoda. Uno se sienta ahí cobijado por la luz crepuscular, nada más por el gusto de disfrutar del frescor de la tarde. A ese recibimiento se ha sumado el renombre de su cocina: ese sazón de pueblo que se despliega en una mesa generosa, atrayendo a los visitantes con la hospitalidad de los fogones que siempre esperan.
Esa vitalidad convive con la presencia radiante de su paisaje parcelario. Al levantar la vista hacia donde sale el sol, se topa uno con el Cerro Carricitos, el cual se levanta en lontananza, majestuoso, señoreando sobre el valle y mirando también el inmenso mar a la distancia, como quien vigila dos mundos.
Desde sus alturas, el imponente cerro mira el verdor de los labrantíos donde el sol, en su cenit, sazona la vida de las plantas del agro cuyos frutos han dado fama y sustento a la región.
Los frutos de una tierra generosa
Alhuey late al ritmo de esa tierra: de sus entrañas brotan el maíz que alfombra el horizonte, el sorgo y ese garbanzo de renombre claro, bueno para abastecer las mesas de la propia región y de mérito tan alto que cruza los mares para alimentar gustosamente a otras naciones; sin que falten aquí y allá diversas y frescas legumbres para colmar la mesa a satisfacción. Es una tierra que trabaja y palpita.
Ese mismo valle toma su nombre del Río Évora, aquel otrora caudaloso río que en sus tiempos de fuerza no perdonaba, y en el que más de alguno perdió el bien más preciado concedido al hombre en este mundo, trayendo luto y dolor a sus hogares. Hoy, ese cauce es apenas un hilo que se resiste a desaparecer; pero dichoso aquel que pudo bañarse en sus aguas cuando estas todavía eran plenas.
Cuando el río despertaba con sus primeras avenidas, el agua avisaba desde lejos, pues traía un rumor espeso. Pero en la noche, y hasta el amanecer, era todo un acontecimiento escuchar aun desde las casas a los sapos y a las ranas unidos en un alegre cantar con el que celebraban jubilosamente la llegada del agua; y más aún si a todo eso se sumaba la lluvia.
Un edén de aves y vida silvestre
En ambas márgenes abundaban álamos centenarios y otros árboles frondosos donde anidaban y se posaban diversas aves; entre ellos pericos, cardenales, huitlacoches, palomas, chanates, grajos, urracas y cenzontles —los pájaros de cuatrocientas voces—, junto a gorrioncillos, pájaros carpinteros y chararaquis, con sus elaborados y bien entretejidos nidos colgantes.
Abajo, en la frescura del suelo, correteaban y habitaban ardillas, conejos y liebres, así como tlacuaches, mapaches, armadillos, tejones, topos, zorrillos y otros animalitos silvestres, entre los que no faltaban la temida víbora de cascabel, la coralillo, la serpiente rey negra, la alimacoa y la culebra chicotera.
En el río mismo, era hermoso contemplar el vuelo pausado del majestuoso corochi, con su cuello largo y curveado. Era, verdaderamente, una tierra edénica.
El caserío sigue allí, pero ahora más grande, plantado junto al cruce de las dos rutas: la que viene del rumbo de Guamúchil buscando a Angostura, y esa otra arteria de asfalto que llaman La Costera; mientras, a una prudente distancia, la emblemática vía ferroviaria corta el horizonte.
Parece el pueblo un guardia que se quedó justo antes de Angostura, esperando el sonido del tiempo.
Nostalgia, memoria y pertenencia
Bien sé que el efecto de la nostalgia, ese romanticismo por la tierra propia y el amor por la raíz hablan por mí. Por ello, si algunos opinaren que se puede decir lo mismo o algo mejor de otros pueblos o de otros valles, que lo expresen, pues libertad y espacio hay para ello.
Pero yo digo esto, bien fundado, respecto del pueblo que me vio nacer y del valle que conocieron mis ojos en mi temprana edad.
Bajo ese mismo cielo que cobija las parcelas, el reposo final del cuerpo también reclama su lugar. Y, aunque el punto más emblemático reside en el antiguo cementerio —que por mucho tiempo fue el único rincón en toda la región para echarse el último sueño—, Alhuey es mucho más que el abrigo de los que se fueron.
Ciertamente, allí se han llorado muchas lágrimas, pero también se guarda el respeto por quienes yacen en su regazo de polvo, incluyendo a aquellos venidos desde China; vestigios inertes que dan testimonio de sufridas migraciones desde aquel distante país oriental.
Es allí donde se cumple aquello de que el polvo vuelve a la tierra; un suelo sagrado donde muchos confían los restos de los suyos para que permanezcan envueltos en la quietud de la inactividad sombría, aguardando el día de la resurrección.
Por eso, cuando pases por ahí, no lleves prisa; deja que el pueblo te cuente lo que el polvo no ha podido callar.
Al final, uno comprende que este pedazo de suelo, como parte de la divina creación, es un suspiro del mundo y una mano abierta que reparte sus frutos a la humanidad; pues, pese a los ayeres y a las aguas que se fueron, Alhuey sigue siendo, por derecho y por memoria, la bella flor del Évora.
Por Joel E. Sotomayor





