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El Arquitecto de la Ciudad ¿Quién fue Luis Felipe Molina?

Por Jaime Félix Pico

El Arquitecto de la Ciudad ¿Quién fue Luis Felipe Molina?

En mis entregas relacionadas con la historiografía de los principales edificios y monumentos históricos de Culiacán, aparece con regularidad la brillante figura del Ingeniero Luis F. Molina.

Como protagonista impulsor de la primera modernidad urbana y arquitectónica de Culiacán, considero importante conocerlo más, acercarnos a su persona, su personalidad, para explicarnos cómo logró construir los espacios y edificios que demandaba un gobierno que proclamaba la modernización en base a la paz y el progreso de Porfirio Díaz; darle carácter de ciudad moderna a una pequeña ciudad aletargada y aislada que tenía ya la categoría de capital del estado.

Hasta antes de la publicación del libro “El Mundo de Molina” (2003) de la autoría del entonces cronista de la Ciudad don Adrián García Cortés, poco se conocía acerca de la vida, la personalidad y el carácter de quien se ganó el nombre de Arquitecto de la Ciudad, por su genio transformador del urbanismo y la arquitectura de Culiacán.

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Fue hasta principios del nuevo milenio, en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Sinaloa, los arquitectos, René Llanes y Martín Sandoval, visibilizaron la figura del Ingeniero Molina, al dedicar sus tesis profesionales al estudio de las obras realizadas por Molina entre 1890 y 1911, revisando académicamente su estilo arquitectónico de corte neoclásico y la acción transformadora urbanística y arquitectónica  del área central de la ciudad hoy conocida como el Centro Histórico de Culiacán.

Tiempo después, el Arquitecto Daniel Chiquete, publicó su obra: “Espacio, Sociedad e Historia en el Culiacán Porfirista (1877-1911)” donde hace un análisis multifactorial -enfoque innovador- de las principales transformaciones, los cambios sociales  vinculados con la ideología porfirista que el Ingeniero Molina impulsó imprimiéndole a la ciudad, en distintos sectores , un aire de modernidad; para ilustrar este fenómeno cito a Daniel Chiquete:

“Los temas centrales de la ideología porfirista no fueron desatendidos en Culiacán ya que para todos ellos hubo edificios o lugares representativos: la cultura con el Teatro Apolo; la higiene con el Lazareto y el Hospital del Carmen; el progreso con el ferrocarril, los puentes y las obras de infraestructura urbana; la diversión y el esparcimiento  con las plazas, los hoteles y algunas avenidas; la provisión de alimentos con el mercado; el control socias con la cárcel; la educación con las escuelas como la Correccional y la Benito Juárez; el poder político con las adaptaciones al Palacio Municipal y la Casa de Gobierno….”

Indiscutiblemente que estos trabajos de investigación sobre las obras de Luis F. Molina han contribuido a conocer sobre sus aportes constructivos a la ciudad, no aportan mucho para conocer sobre su personalidad, su carácter, sus motivaciones que guiaron su vida y trabajo, a través de los cuales se puede entender mejor la grandiosidad de su obra material.

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Veamos someramente algunos rasgos de la personalidad de este personaje histórico, de nuevo, citando al Arquitecto Daniel Chiquete, quien no satisfecho de investigar y analizar sus obras, estilo arquitectónico y demás elementos materiales, escribió un artículo -inédito- que tituló: “Luis F. Molina, entre el talento profesional y la sagacidad socio política”.

Mi presupuesto (Chiquete, dixit) es que la obra de Molina en Culiacán está directamente relacionada no sólo con su capacidad profesional, que fue notable, sino también con su estrategia social, aspiración de pertenecer a la elite porfirista de la región, auto comprensión de su persona y la mentalidad propia de su tiempo y clase social”.

Luis Felipe Molina nació el 13 de septiembre de 1864 en el pueblo de Ozumbilla, estado de México, siendo sus padres José Molina Téllez y Luz Rodríguez Estrada, cabezas de una familia de clase media trabajadora, ilustrada, con aspiraciones de mejorar las condiciones de vida a base de esfuerzo, hoy le llamamos de la “cultura del esfuerzo”.

Realizó sus estudios profesionales en la Academia de San Carlos, la más prestigiosa del país en su tiempo, inscribiéndose en la carrera de Arquitectura. Allí tuvo maestros de gran prestigio, muy conectados con la élite porfirista, ellos le presentaron al gobernador Martínez de castro, recomendándolo para que realizara el proyecto del teatro en Culiacán.

El gobernador de Sinaloa Ingeniero Mariano Martínez de Castro, lo contactó en la Ciudad de México y lo invitó a venir a Culiacán a hacerse cargo de la construcción de un teatro. Molina recién había terminado sus estudios y se disponía con ímpetu a desarrollarse profesionalmente en la ciudad de México.

En el principio dudó aceptar la propuesta, sus maestros le ayudaron a tomar la decisión de aceptar el encargo y finalmente vino a trabajar como arquitecto constructor a la capital sinaloense, donde en poco tiempo se convirtió en un personaje de relevancia no sólo por su labor como Ingeniero de la Ciudad, sino también por su participación política y activa vida social.

Hay una razón más que explica su decisión: “Su examen profesional consistió en el diseño de un teatro, el cual realizó con mucho empeño y buena investigación. Su examen profesional lo realizó con éxito el 24 de octubre de 1888. Su diseño del teatro fue tan bueno que fue expuesto en la Exhibición Universal de París. Los conocimientos adquiridos sobre topografía y diseño de teatro le iban a ser muy útiles en el trabajo que realizaría en Culiacán en los próximos años”.

Molina llegó por primera vez a Culiacán el 22 de febrero de 1890. En su autobiografía le dedica un capítulo a lo que él consideró una odisea llegar a Culiacán desde la Ciudad de México; tres meses de duración un viaje realizado por distintos medios de transporte, desde cabalgatas, carreta, diligencia, barco de vapor y el ferrocarril.

En ese documento confiesa que Mazatlán le causó una “magnífica impresión” por varios aspectos, entre ellos que “las mozas del hotel eran atentas y solícitas y toda la gente muy aseada”, a la cual compara con la “gente andrajosa y sucia, hasta donde más” de la Ciudad de México.

Después de la grata experiencia de Mazatlán no extraña que el puerto de Altata le haya causado una mala impresión a su llegada, “pues - sigue contando con detalles-  el pueblo era muy miserable y solo había chozas de zacate”, y que tampoco al Tacuarinero le haya ido mejor en su evaluación: “pues se componía de una locomotora antiquísima seguida de carros destartalados y todos ellos de manufactura local”.

Llegado a Culiacán, fue instalado en el mejor hotel, el Ferrocarril, al que tuvo que adaptarse pues “había que conformarse y resignarse a todo lo que se fuera presentando”.

Los primeros meses fueron muy difíciles, el trabajo esperado no iniciaba por problemas de dinero, es decir, la construcción del teatro no podía empezar; lo asignaron al servicio público a trabajar en otras funciones lo cual le causó decepción y decidió regresar a la ciudad de México.

Tenía otras motivaciones para regresar, una ansiada cita con una joven que lo cautivó y pensó que una vez ya consolidado como profesionista le podría ofrecer matrimonio pues la chica era de clase social alta, hija de un connotado abogado servidor de la élite porfirista.

La ausencia y la lejanía lo desmotivaron dejando de lado ese romance platónico y se centró en su futuro visualizando lo que podría llegar a ser en Culiacán, que le ofrecía un trabajo digno, el contacto con la sociedad y la alta burocracia, unirse con familias de la élite, el reconocimiento que le tenían los gobernantes, todo eso le hizo cambiar su motivación para construir su vida social y profesional en Culiacán.

Si no podría ser un gran arquitecto y hombre de prestigio en la capital del país, estaba dispuesto a lograrlo en la capital de Sinaloa, pese a que Molina se refiere en ocasiones con cierto desdén como “pueblo pequeño”.

Se dedicó con empeño a los trabajos que se le encomendaron, así como a otros realizados por iniciativa propia. Su notable capacidad de trabajo le ganó la buena voluntad y confianza entre los culiacanenses. No podía pasar desapercibido en Culiacán un joven venido de la capital del país, profesional formado en la Academia de San Carlos, relacionado con el gobernador Martínez de Castro y otros hombres de la elite “cañedista”, y de buenos modales de urbanidad; lo hacían un buen tipo, o como dicen, “buen partido” para las jóvenes solteras de Culiacán.

Sabía que sus aspiraciones personales y profesionales dependían en gran medida de contar con la aceptación y apoyo de estas familias de sociedad. Al no provenir de una familia acaudalada o de abolengo, y conociendo ya la dinámica social y política del entorno culiacanense, es muy probable que hubiera pensado en el matrimonio como la forma más efectiva de incorporarse a este grupo de poder y prestigio.

Fue así que fincó noviazgo con Teresa de la Vega Amador, miembro de la familia más poderosa de la región.  Chiquete nos relata: “Después de un noviazgo de dos años, se realizó el matrimonio entre Luis Felipe y Teresa, ambos de treinta y un años de edad. Se casaron el 1 de febrero de 1895, celebrándose el enlace religioso en la Catedral, oficiado por el presbítero Jesús María Echavarría, siendo sus padrinos Mariano Martínez de Castro y su esposa Rosario Amador. Para el matrimonio civil fungieron como testigos Francisco Cañedo, Eriberto Zazueta, Ricardo Martínez de Castro y José Roiz”.

Molina aportó al matrimonio, no dinero que es lo usual cuando la pareja es de la misma condición social, aportó un aumento en el prestigio social por medio de su estatus profesional, contribuyó con “capital cultural”, pues esta elite adquiría con el arquitecto un profesional bien capacitado, graduado en la más prestigiosa institución educativa del país. Una vez unido a la élite, su desempeño profesional se catapultó, y fue nombrado como “Ingeniero de la Ciudad”.

Aunque el motivo principal de la venida de Molina a Culiacán fue el de diseñar y construir un teatro, al quedarse a residir fue incorporado a la administración local por medio del cabildo, del cual se convirtió en miembro permanente asumiendo en diferentes momentos casi todas las funciones, aunque la de mayor relevancia fue como Ingeniero de la Ciudad, una especie de director de obras públicas.

Molina fue el arquitecto mas importante del porfiriato en Culiacán. Su mérito fue que él solo transformó la ciudad si se toma en cuenta que, a su llegada a Culiacán en 1890, la ciudad estaba caracterizada por rasgos provincianos, con un urbanismo no planificado y con tendencias hacia un crecimiento desordenado, pero con algunos edificios antiguos de calidad y relevancia que le daban cierta estructura y distinción

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