Reynaldo y Blanca Estela convirtieron un pequeño puesto de dulces en una tradición familiar que hoy forma parte de los recuerdos más queridos de generaciones enteras en Navolato.
Aunque faltan varios meses para que vuelva la verbena de Navolato, hay personas que ya forman parte inseparable de esa tradición.
Son de esos rostros que muchos recuerdan apenas escuchan hablar de diciembre, de las luces en la plazuela y de los dulces típicos que acompañan las fiestas del municipio desde hace décadas.
Entre ellos están Reynaldo Herrera Sánchez y Blanca Estela Ovalles Gaxiola, una pareja que desde hace 34 años instala su puesto de dulces tradicionales y que, con el paso del tiempo, se convirtió en parte de la memoria colectiva de Navolato.
"Ya volvimos otra vez", les dicen cada temporada muchos clientes que crecieron visitando su puesto y que ahora regresan acompañados de sus hijos.
La historia de Reynaldo y Blanca Estela en la verbena de Navolato
Todo comenzó cuando eran jóvenes recién casados. Reynaldo estudiaba Contaduría Pública y Blanca Estela trabajaba antes de dedicarse por completo a su familia. Una invitación los llevó a probar suerte en las verbenas cuando apenas comenzaban a instalarse frente al mercado municipal.
Sin imaginarlo, aquel pequeño inicio terminaría convirtiéndose en el trabajo y tradición de toda una vida.
"Nos gustó y aquí seguimos", cuenta Blanca Estela.
La pareja fue de las primeras en formar parte de la verbena cuando apenas existían siete puestos instalados en la plazuela. Con el paso de los años vieron crecer esa tradición, cambiar de lugares y convertirse en uno de los espacios más queridos por las familias navolatenses.
Entre cocadas, cajetas, cacahuates, higos, dátiles y dulces cristalizados, también crecieron sus hijos.
Generaciones de sonrisas: el impacto de su negocio en la comunidad
Hubo años difíciles. Cuando los puestos todavía eran de madera, ellos incluso dormían ahí para cuidar la mercancía y evitar robos. Pero nunca dejaron de trabajar.
Gracias a ese esfuerzo lograron sacar adelante a sus dos hijos profesionistas. Uno estudió enfermería y cuenta con maestría, mientras que el otro cursa ingeniería civil.
"Todo esto ha sido para ayudarlos a salir adelante", comparte Blanca Estela.
Aunque reconocen que el negocio no los hizo ricos, sí les permitió construir una vida digna basada en el trabajo constante y el esfuerzo familiar.
La generosidad de una pareja que comparte dulces con los más necesitados
Pero quizás lo más bonito de su historia es la generosidad con la que viven cada temporada.
Cuando terminan las ventas y quedan dulces, acostumbran preparar pequeñas bolsas para repartirlas entre niños de escasos recursos de su comunidad.
"No queremos que ningún niño se quede sin un dulce", dice Raymundo.
Lo hacen desde hace años, muchas veces sin que nadie lo sepa.
Porque para ellos, vender dulces nunca ha sido solamente un negocio.
Ha sido una manera de convivir con la gente, conservar tradiciones y regalar pequeños momentos de alegría.
Hoy, aunque todavía no llega diciembre, Reynaldo y Blanca Estela ya esperan una nueva temporada de verbena. Y mientras eso ocurre, su historia sigue recordando que algunas tradiciones sobreviven gracias a personas sencillas, trabajadoras y generosas que nunca dejan de creer en su comunidad.