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DÍA DEL MAESTRO

Luz Medina Montoya fue pionera de la educación en Boca de Arroyo, Mocorito

Luz Medina Montoya fue pionera de la educación en Boca de Arroyo, Mocorito

Recién salida de primaria fue habilitada como maestra y sembró la educación en comunidades rurales de Mocorito cuando los alumnos no podían aspirar a tener un cuaderno.

Luz Medina Montoya es de esos maestros rurales que ya casi no quedan, recién terminó la primaria fue habilitada para dar clases como iniciadora de la educación en Boca de Arroyo, municipio Mocorito. Vivió los tiempos de escuelas sin mesabancos, niños sin cuadernos y la carencia de ropa y zapatos.

Luz es originaria de la comunidad de El Reparo de Los Galindo, pero terminó la primaria en la cabecera municipal de Mocorito, y saliendo de la primaria practicó por dos años en la escuela Benito Juárez de la cabecera municipal. En 1954, a los 14 años, siendo todavía niña la enviaron a trabajar como maestra a la comunidad de Lo de Gabriel, en la región alteña del municipio. La llevaron en un camión de carga de cosechas porque no había otro tipo de transporte.

Los maestros en esa época eran recibidos en las casas de los padres de familia, su primera experiencia fue hospedarse en una casa sin agua y sin energía eléctrica, como todas las demás. Con el corazón apachurrado por las carencias y el estar “lejos” de su casa. En las vacaciones de diciembre cuando regresó a casa le entró la nostalgia y lloró por esa experiencia de dar clases en un lugar donde no había nada para educar.

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Recuerda María Luz, como la conocen, que en esa casa la muchacha más grande dormía con ella y la consolaba en su soledad. Así se acostumbró hasta que terminó el año escolar.

Recuerda que se fue de maestra sin permiso de su papá, que en ese tiempo estaba en Estados Unidos. Para tener la anuencia de él le envió una carta, y meses después la respuesta fue: “Que Dios te cuide, y lo único que te pido es que no te quedes a las fiestas en ese lugar”.

En el siguiente ciclo escolar la cambiaron a la comunidad de El Potrero de los Guerrero, donde también pasó grandes dificultades con niños que tenían muchas ganas de aprender, pero con mucha hambruna.

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“A mí siempre me gustó ser maestra, cuando era niña mi hermana y yo jugábamos a la escuelita, y pues la maestra era mi hermana mayor, pero nos peleábamos por el puesto ella y yo, dice entre risas. Porque su hermana decía “Yo soy la maestra porque yo soy la más grande, pero la que terminó siendo maestra en la vida fui yo, porque ella fue enfermera”.

La ilusión mía era servirle a los demás, enseñarles lo poco que yo sabía, servirle a la gente, servirle a los niños. La ilusión mía era que esos niños no vivieran sin conocer letras, sin saber nada. En ese tiempo no había acceso a la educación. La gente sólo trabajaba en el campo, no había otra cosa en qué trabajar, sembraban y no volvían a tener trabajo hasta la siguiente temporada de lluvias.

Recuerda que cuando inició de maestra eran malos tiempos, en El Potrero de los Guerrero había familias que no tenían en qué sentarse, cuando ella visitaba las familias pedían silla prestada para que se sentara la maestra. Comenta que en esos tiempos de hambre a los que bien les iba comían tortilla untada con manteca de puerco y bebían atole blanco, ropa no había para los niños. Algunos padres les hacían las ropas y yo misma les hacía ropa con tela de ellos, o cuando yo tenía telas para hacerle ropita, les tomaba las medidas y la cosía cuando volvía con mi madre, para darle al que no tenía.

Del baúl de sus recuerdos refiere con melancolía que los niños de aquella época no tenían acceso a cuadernos, llevaban recortes de papel de empaques de “la Maseca”, había niños que no tenían lápiz. La mayoría de los niños el cuaderno que llevaban era de papel de donde empacaban las cosas.

En Boca de Arroyo, Lidia Josefina López López fue alumna de Luz Medina, recuerda que ella cuando fue alumna llevaba cuadernos de “papel de Maseca” y papel revolución que su a vuelo, como era talabartero se los cosía. Recuerda con lágrimas que ella y algunas de sus compañeritas no tenían zapatos para ir a la escuela, por eso iban descalzas.

A falta de mobiliario, comenta la maestra Luz, que los niños llevaban banquitos de su casa para poder sentarse, un banquito que les hacían sus papás, “pero no tenían en que aplanar, ni nada. Pero así bendito Dios aprendían los niños”.

En esas escuelas donde inició sólo había pizarrón de manera que giraba. “entonces ahí les escribía la lección, que copiaba de un libro único, porque entonces tampoco había libros, y los niños la copiaban en sus hojas, y después ya los pasaba a leer al pizarrón. Niño por niño a leer en el pizarrón”. Por muchos años fue la única maestra en la escuela y todos los niños sin importar la edad estaban juntos.

“Para los homenajes hacía lo que miré que hicieron en la escuela, enseñarles a los niños la entrega de la bandera y el himno nacional, porque bendito Dios, yo tengo mucho amor a los símbolos patrios”.

Ahí en Boca de Arroyo hay muchos profesionistas, se resiste a aceptar que ella fue el semillero de ellos, “pero a la vez si me siento honrada porque digo: tengo tantos doctores, tengo tantos ingenieros, tengo tantos maestros, tengo tanto eso… si los miro o no los miro, pero bendito Dios que son eso. Entre sus alumnos de primaria recuerda con afecto a la Dra. Sylvia Paz Díaz Camacho, hoy rectora de la Universidad Autónoma de Occidente y a todas sus primas.

De su experiencia de maestra rural recuerda la nobleza de los niños y una “cancioncita” con que hacía participar a las niñas en los festivales con los padres. “Esa canción tan sin chiste que yo se las enseñaba y les ponían vestiditos de colores… Tengo mi jardín con hermosas flores de bellos colores y aromas mil… una mañanita cuando yo salí, vi una florecita que bailaba así… y ellas mismas cantaban:  la la la la ra la la laaa…”

Todos los años se tenía que hacer comedia el 20 de noviembre, porque en Boca de Arroyo hacían coleadas de toros ese día, y tenía que haber comedia. Recuerda que años después ensayaban las niñas con la música de banda, “porque eso no faltaba”. Y llegó el día en que ya no fue la única maestra de la escuela. “Cuando ya pusieron directora en la Escuela, yo como maestra era como otra niña para ella, le tenían miedo los niños porque era muy estricta, y yo también le tenía miedo, confiesa entre risas.

De sus alumnos de todas las generaciones tiene buenos recuerdos. A su edad sólo los identifica por familias, se le escapan los nombres, “pero todos los días los bendigo. Me siento orgullosa porque ahí en Boca de Arroyo hay mucho profesionista. Bendito Dios, no hay vagos, ahí se dedica la gente a trabajar, ahí no andan de malosos”.

Del Potrero de los Guerrero tiene también muy bonitos recuerdos. Dice entre risas que como era muy pequeña cuando llegó de maestra, las muchachas más grandes la cargaban en los brazos para que no se mojara los zapatos al cruzar los arroyitos entiempo de lluvia. Y cómo le ponían un trapo limpio para que se sentara en las piedras y no se ensuciara cuando salían a juntar nachis.

Luz Medina Montoya es pionera de la educación rural en el municipio de Mocorito Sinaloa, sus historias de enseñanza hoy las cuentan cientos de profesionistas que vieron en esa mujer un ejemplo de lucha para encontrar en la educación otra mejor forma de vivir. Su motivación fue enseñar las letras, su gratitud es el éxito de sus alumnos. Ahora vive en Guamúchil. Ahí en su sillón de amapa, de vez en cuando deja asomar una lágrima por aquellos tiempos difíciles.

 

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