Renato Quiñónez es el hijo del pionero de la talabartería en Culiacán que mantiene vivo un oficio con más de 60 años de historia
Desde que apenas alcanzaba la máquina de coser, Renato aprendió a trabajar el cuero observando a su padre. Hoy, después de ejercer como ingeniero, maestro universitario y constructor, volvió al oficio que marcó su infancia para honrar el legado de quien le enseñó que el talento se forma trabajando.

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Cada mañana, cuando abre la puerta de Talabartería El Caporal, ubicada por Sepúlveda entre Juárez e Hidalgo, Renato Quiñónez Meza siente que vuelve a encontrarse con su padre.
No está ahí físicamente. Falleció hace quince años. Sin embargo, permanece en cada herramienta antigua que conserva con cuidado, en la vieja máquina de coser que sigue funcionando después de varias décadas y en cada pieza de cuero que pasa por sus manos.
"Estoy dedicado a la talabartería en honor a mi padre", dice con una mezcla de orgullo y nostalgia.
La historia de la talabartería en Culiacán a través de Juan Quiñónez

Hablar de Renato es hablar también de Juan Quiñónez Beltrán, uno de los hombres que ayudó a escribir la historia de la talabartería en Culiacán.
En los años cincuenta fundó la talabartería El Caballito, ubicada frente al antiguo cine Alcázar. En una época en la que la mayoría de los artesanos se especializaban en un solo producto, él dominaba prácticamente todo el oficio.
"Tanto hacía un cinturón, un collar para perro, una chamarra o una silla de montar. Era de los pocos que sabían hacer el trabajo de principio a fin", comparte con orgullo para Tus Buenas Noticias.
Ese conocimiento no llegó por casualidad.
Juan quedó sin la presencia de su padre desde muy pequeño y fue criado por su padrino, Juan Rodríguez, propietario de una de las talabarterías más importantes de principios del siglo XX en Culiacán.
Su aprendizaje fue tan riguroso como completo.
"Lo ponía un año haciendo maletas de viaje, otro año fabricando fundas para pistolas, otro en sillas de montar. Mi papá tuvo la viveza de aprender todo", presume Renato.
Años después, ese mismo método llegó hasta el mismo Renato.
No era precisamente un maestro paciente.
"Era muy mandón", recuerda entre risas.
Cuando el niño preguntaba cómo debía hacer una pieza, la respuesta casi siempre era la misma.
"'No te voy a enseñar. Tú obsérvame y aprende'". Y aprendió.
Desde segundo año de primaria salía de la escuela para ir directo al taller. Primero hacía pequeños encargos, aprendía los nombres de los remaches, de los hilos y de las agujas. Después comenzó a cortar pequeñas correas, a fabricar bolsitas de cuero y a utilizar la antigua máquina de coser que aún conserva.
"Esa máquina fue donde di mis primeros pasos", presume.
A los doce años ya dominaba técnicas de grabado sobre piel que muy pocos conocían.
Sin darse cuenta, el oficio ya se había convertido en parte de su vida.
El arte de trabajar el cuero

Sin embargo, el destino parecía llevarlo por otro camino.
Estudió Ingeniería Bioquímica, más tarde Ingeniería Civil y durante casi tres décadas fue maestro de matemáticas universitarias. También trabajó durante años en la construcción.
Parecía que la talabartería había quedado atrás. Pero nunca fue así.
"Cuando me jubilé pensé que no podía quedarme sin hacer nada", reconoce.
En 1997 comenzó nuevamente como un pasatiempo en la cochera de su casa. Poco tiempo después abrió Talabartería El Caporal, nombre que eligió porque era el que siempre imaginó que a su padre le habría gustado llevar en la fachada de un taller propio.
"Se lo puse porque creo que a él le hubiera gustado", dice con nostalgia.
Hoy, junto a su esposa Ivonne Borraz, mantiene vivo ese negocio donde todavía se elaboran cinturones, huaraches, fundas para celulares, artículos para mascotas, fajas para gimnasio, muebles restaurados y las tradicionales sillas de montar.
Cada pieza sigue haciéndose de forma artesanal.
Pero quizá lo que más ilusión le provoca no son los clientes.
Son los jóvenes.
Hace apenas unos días aceptó a un nuevo aprendiz. También uno de sus nietos pasa largas horas junto a él aprendiendo el oficio, aunque sueña con convertirse en piloto aviador.
Renato no pretende obligar a nadie.
Solo desea que el conocimiento no desaparezca.
"Ese es mi sueño", dice con una voz calmada.
Porque sabe que cada vez son menos quienes dominan la talabartería completa, desde el diseño hasta el último acabado.
Mientras habla, toma entre sus manos una vieja herramienta que perteneció a su padre. Después otra. Y otra más.
Muchas llegaron a él tras el fallecimiento de antiguos talabarteros de Culiacán.
Las conserva como si fueran pequeñas piezas de historia.
Y quizá lo sean.
Porque en ese taller del Centro de la ciudad no solamente se fabrican artículos de piel.
También se conserva un oficio que ha pasado de generación en generación, una forma de trabajar que casi ha desaparecido y la memoria de un hombre que enseñó a su hijo observando más que hablando.
Hoy, cada puntada que Renato da sobre el cuero parece responder a aquella enseñanza silenciosa.
Porque hay herencias que no caben en un testamento.
Hay herencias que viven para siempre en las manos de hombres como Renato Quiñónez y su talabartería El Caporal.





































