Del rosario bajo un guayabo al templo soñado la historia de la Capilla Santísima Trinidad en Culiacán
Lo que comenzó con tres mujeres rezando el rosario bajo un árbol en un terreno baldío de la colonia Independencia en Culiacán terminó convirtiéndose, después de 32 años de esfuerzo comunitario, en un templo que hoy es símbolo de fe, unidad y esperanza


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Culiacán, Sinaloa.- Mucho antes de que se levantaran sus muros y resonaran las campanas, la historia de la Capilla de la Santísima Trinidad inició en el año de 1994 con un gesto sencillo lleno de fe: un grupo de mujeres que se reunía a rezar el rosario bajo la sombra de un árbol de guayabo.

Capilla Santísima Trinidad: el templo que la fe hizo posible
En aquel tiempo, el terreno ubicado en la colonia Independencia era un espacio vacío rodeado de monte. No había calles consolidadas ni viviendas alrededor. El paisaje parecía desolado, interrumpido únicamente por una antena de telecomunicaciones.
Pero para las señoras Catalina Méndez, Matilde Hidalgo y Carolina Millán, aquel humilde pedazo de tierra representaba una oportunidad para sembrar algo mucho más grande: una comunidad guiada por la fe.
"Empezaron rezando el rosario bajo un árbol de guayabo. Luego llegó la catequesis y poco a poco se fueron sumando más personas", recordó Javier Zamora, integrante de la comunidad desde hace más de 17 años.

Aquellas reuniones, sostenidas únicamente por la fe y la perseverancia, terminaron conmoviendo al propietario del terreno. Intrigado por la presencia constante de aquellas mujeres, decidió acercarse para preguntar qué buscaban construir.
Cuando escuchó que soñaban con levantar una iglesia para servir a la comunidad, tomó una decisión que marcaría para siempre la historia de la colonia: donó la mitad del predio.
La noticia fue recibida como una bendición. Con el paso de los años llegaron más familias, se construyó un tejabán de lámina e iniciaron las primeras celebraciones eucarísticas. La comunidad crecía al mismo ritmo que la colonia.
Cada misa reunía a más personas, hasta que el propietario, conmovido por la fuerza de aquella obra nacida de la fe, decidió donar el resto del terreno. A partir de entonces nació un sueño más grande: construir un verdadero templo.

Los cimientos construidos entre tamales y esperanza
La obra parecía imposible. Ya no se trataba únicamente de reunirse para orar. Ahora la comunidad soñaba con levantar un templo que pudiera albergar a todas las familias que encontraban ahí un refugio espiritual.
Los cimientos comenzaron a levantarse y las paredes poco a poco tomaron forma, pero la construcción requería una estructura compleja y costosa. Durante años, los recursos fueron insuficientes para concluir la obra.
Sin embargo, la comunidad nunca se rindió. "Los que estuvieron desde el principio siempre dicen que los cimientos se construyeron a base de tamales", compartió Javier con una sonrisa.
No era una metáfora. Cada kermés, cada rifa, cada venta de tamales, cada festival y cada actividad organizada por la comunidad se transformaban en un ladrillo más para acercarse al sueño que parecía inalcanzable.

Detrás de cada muro había sacrificios familiares, jornadas de trabajo voluntario, horas de servicio y una confianza inquebrantable en que algún día verían terminado su templo.
Quienes iniciaron aquella travesía no todos alcanzaron a contemplar la obra terminada. Doña Cata y doña Maty fueron llamadas a la presencia de Dios antes de verla concluida, pero su legado permanece vivo en cada muro y en cada oración que hoy se eleva dentro del templo que ayudaron a imaginar cuando todo era monte y silencio.
La noticia que cambió todo. La respuesta llegó cuando menos la esperaban, como una bendición para quienes llevaban décadas sosteniendo el sueño.
Durante años, el párroco Javier Antuna García compartió la historia de esta comunidad, de las admirables mujeres que iniciaron el proyecto y de una fe que nunca se rindió. Su testimonio sobre el esfuerzo, la perseverancia y el sueño de contar con un templo digno encontró eco en quienes decidieron sumarse a esta causa.
Fue precisamente hace dos años, durante una celebración en honor a la Virgen de Guadalupe, cuando el propio sacerdote compartió una de las noticias más esperadas por la comunidad: el templo que habían anhelado durante más de tres décadas finalmente se convertiría en realidad gracias al apoyo de la familia Coppel.

Aquella noticia fue recibida entre lágrimas, abrazos y una gratitud difícil de describir. Después de tantos años de esfuerzo, la comunidad veía abrirse una puerta que parecía imposible.
"Nunca imaginé que se construiría un templo tan grande y bonito. Era algo que ni siquiera pasaba por nuestra mente. Después de tantos años de esfuerzo y trabajo, verlo hecho realidad parecía un sueño", recordó Javier mientras contemplaba la capilla.
Lágrimas de nostalgia y esperanza. La construcción del nuevo templo también estuvo acompañada de momentos muy emotivos. Para dar paso a la nueva obra fue necesario demoler la antigua capilla, un espacio levantado durante años con sacrificios, colectas y trabajo comunitario.
Muchas personas acudieron al lugar apenas se enteraron. Algunas observaban en silencio; otras no pudieron contener las lágrimas mientras veían caer aquellos muros que guardaban historias, recuerdos y el esfuerzo de generaciones enteras. Cada bloque era testigo de una lucha compartida.

Lejos de desanimarlos, junto a la nostalgia también florecía la esperanza. La comunidad sabía que detrás de cada golpe de la maquinaria estaba cada vez más cerca el sueño que habían perseguido durante 32 años: contar con un templo digno para celebrar su fe.
Y entonces ocurrió lo que parecía imposible. Menos de diez meses después, el sueño que había acompañado a la comunidad durante más de tres décadas se alzaba frente a sus ojos convertido en realidad.
Un refugio de amor, paz y comunidad. Hoy, la Capilla de la Santísima Trinidad es mucho más que una hermosa construcción.
Es un monumento a la perseverancia, a la fe y el amor; el testimonio de mujeres y hombres que nunca dejaron de creer y el fruto de generaciones enteras que aprendieron que los grandes sueños también se construyen con trabajo, unidad y esperanza.

La aportación de la familia Coppel hizo posible concluir una obra que parecía inalcanzable, pero la historia del templo también pertenece a cada persona que vendió tamales, organizó una kermés, colocó un ladrillo o dedicó una oración para que el proyecto siguiera adelante.
"Solo quienes vieron comenzar esta obra pueden dimensionar todo lo que costó llegar hasta aquí", reflexionó Javier.
Hoy, donde alguna vez hubo un terreno baldío y tres mujeres rezando el rosario bajo la sombra de un guayabo, se levantó un templo que simboliza la fuerza de la fe, la perseverancia y la unión de una comunidad que nunca dejó de creer, convirtiéndose en una luz de amor, paz y esperanza en la colonia Independencia.
Porque hay sueños que tardan décadas en cumplirse, pero cuando se sostienen con fe, sacrificio y amor comunitario, terminan convirtiéndose en una bendición que trasciende generaciones y deja huella en la historia de toda una comunidad.



































