Rosa Mexicana es el arte colectivo que convirtió una casa de Culiacán en un abrazo para las mujeres que buscan a quienes aman
Doce artistas y jóvenes creadores transformaron La Casa del Maquío en un espacio de memoria y esperanza con "Rosa Mexicana", una instalación colectiva encabezada por la artista Elina Chauvet que invita a reflexionar sobre la violencia de género y el dolor de las familias que buscan a sus seres queridos.

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Hay obras de arte que se contemplan y hay otras que se sienten.
Antes de entrar a Rosa Mexicana, las personas se detenían unos segundos frente a un bordado colocado en el piso. La frase decía simplemente: "Te extraño".
Muchos dudaban en pisarlo. Parecía incorrecto hacerlo. Pero esa era precisamente la intención.
Que las huellas de quienes cruzaran la puerta también formaran parte de la obra, como ocurre con las ausencias que deja la violencia: marcas que permanecen, aunque no siempre se vean.
Así comenzó la experiencia de Rosa Mexicana, una instalación artística que convirtió a La Casa del Maquío, en Culiacán, en un espacio de memoria, reflexión y esperanza gracias al proyecto internacional Casa Nómada, impulsado por Icebox Collective, y a la sensibilidad de la artista multidisciplinaria Elina Chauvet, originaria de Chihuahua y actualmente radicada en Mazatlán.
La instalación aborda la violencia de género en Culiacán

Durante cinco días, doce artistas y jóvenes creadores trabajaron juntos para intervenir una estructura de metal que ha recorrido distintos países llevando el arte como herramienta de diálogo social. En esta ocasión, el tema fue la violencia de género y las ausencias que deja en miles de familias mexicanas.
Cada participante creó una pieza textil distinta.
Al final, todas se unieron para formar una sola obra.
Un abrazo colectivo.
Una casa que habla de quienes ya no están, pero también de quienes continúan buscándolas.
Entre quienes participaron estuvo Lizzi Cristerna, quien eligió representar la resiliencia mediante una enredadera.
Su pieza muestra un tallo que, pese al desgaste, continúa creciendo y del que brotan nuevas ramas como símbolo de la fortaleza, la resistencia y la esperanza que encuentran muchas madres buscadoras para seguir adelante.
Cada hoja fue diseñada con la forma de un útero, recordando que la vida permanece incluso en medio del dolor.
Otras obras también narran historias de ausencia.
Kate Menor creó una muñeca que evoca la infancia interrumpida de muchas niñas víctimas de la violencia.
Kim Cuen elaboró una repisa con objetos cotidianos que representan los recuerdos que permanecen cuando una hija desaparece o pierde la vida.
Cada pieza tiene una voz propia. Juntas construyen una conversación.
Artistas crean un abrazo colectivo en Rosa Mexicana

Dentro de la instalación también aparecen flores, tierra, bordados y objetos que invitan al visitante a recorrer la casa con calma.
En uno de los sillones descansa un cojín bordado con nombres de víctimas de feminicidio, mientras sobre una pared un retrato intervenido deja un vacío por el que puede verse el interior de la vivienda, recordando que las ausencias también ocupan espacio.
Para Carmina Medina, directora de La Casa del Maquío, abrir este espacio significó demostrar que el arte también puede convertirse en una respuesta frente al contexto de violencia que vive la ciudad.
"No vivir con miedo, sino ser propositivos", expresó durante la inauguración.
Eso fue precisamente lo que ocurrió. Doce personas llegaron para crear piezas individuales. Se fueron dejando una sola obra. Porque Rosa Mexicana no busca ofrecer respuestas.
Busca que quien entre se haga preguntas. Que recuerde nombres que no conocía. Que piense en las familias que siguen buscando. Y que comprenda que el arte también puede abrazar.
Al terminar el recorrido, la casa vuelve a quedarse en silencio. Pero ya no es el mismo silencio.
Ahora está lleno de hilos, de memoria, de resistencia y de las manos de doce personas que demostraron que, cuando el dolor se comparte, también puede transformarse en un acto de esperanza.
Porque hay obras que se exhiben en una galería. Y hay otras que permanecen mucho tiempo después de salir de ellas, recordándonos que la memoria también puede tejerse puntada a puntada y que, a veces, un abrazo hecho de tela puede decir lo que las palabras ya no alcanzan a explicar.





























