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Una perla sudcaliforniana, en la corona de la reina Isabel II

Don Salomé León Lucero fue el afortunado buzo que en 1883 extrajo del mar sudcaliforniano

9 septiembre, 2022
Una perla sudcaliforniana, en la corona de la reina Isabel II
Una perla sudcaliforniana, en la corona de la reina Isabel II.
Una perla sudcaliforniana, en la corona de la reina Isabel II.

Don Salomé León Lucero fue el afortunado buzo que en 1883 extrajo del mar sudcaliforniano una perla de un tamaño poco común, a la cual bautizó como “Carmenaida”, en honor a sus hermanas Carmen y Adelaida.

Don Salomé vendió la joya a Antonio Ruffo Santa Cruz; el primer Ruffo en llegar a BCS, misma que después de ser pulida, estuvo exhibida en un escaparate de la negociación “Ruffo Hermanos”, misma que a raíz de la adquisición de aquel tesoro cambió su nombre por el de “La Perla de La Paz”.

El 4 de abril de 1904, fallecería la señorita Carmen Ruffo y nueve años después moriría también Adelaida, por lo que don Antonio decide llevarse la perla a San Francisco, California, donde se la mostró a Sir Anthony Fein, Embajador de Reino Unido, con quien mantenía una bonita amistad. Sir Antony Fein al ver aquella preciosidad, quiso comprarla para obsequiársela por su cumpleaños al Rey Eduardo VII, sucesor e hijo de la Reina Victoria, quien fuera la soberana de Inglaterra durante 64 años.

Don Antonio se negó a vendérsela; sin embargo, tiempo después decide obsequiársela él mismo al rey, a través de Sir Fein.

Cuando aquel monarca vio aquella maravilla, se quedó prendado de su belleza y de inmediato mandó llamar a su corte de joyeros y orfebres, quienes por orden real se dirigieron hacia Florencia, Italia, para incorporar a la corona del rey aquella hermosa perla, que según cuentan quienes tuvieron oportunidad de verla, era de un color tan verde como el mismo mar y del tamaño de un limón, lo que derivó en que la nombraran The Great Lemon “El gran limón”.

De esta manera, The great Lemón fue engarzado en la parte frontal de la corona real, donde la cubrieron con 14 magníficos diamantes, en forma de lágrimas, de los que en orfebrería se llaman “custodios”.

En el año de 1952, su hija, la Reina Elizabeth, asumió la corona, convirtiéndose en la soberana en turno. Ahora la corona con la perla sudcaliforniana está en espera de ser nuevamente lucida por el siguiente monarca, que sería el controvertido Príncipe Carlos de Inglaterra.

Con información de: Mayra Gorozave

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