En su octava edición, el Cañero Cultural volvió a llenar de vida a Navolato con danzas tradicionales, arte local, música, raíces indígenas y un ambiente familiar que recordó por qué esta celebración se ha convertido en el evento cultural más querido del municipio
Navolato no solo celebra una fiesta; celebra su origen. El Cañero Cultural, que llegó a su octava edición, volvió a convertirse en ese punto de encuentro donde los recuerdos de los campos, las voces de los abuelos y la energía de los jóvenes se mezclan para formar una sola cosa: comunidad.
Desde las primeras horas, la explanada ya tenía ese movimiento que anunciaba que algo importante está por ocurrir.
Señoras acomodando bolsas en las sillas para apartar lugar, familias recorriendo los puestos de artesanía, niños buscando el mejor ángulo para tomar una foto y jóvenes preguntando por los horarios de los artistas.
"Este evento es de los que uno no se pierde", dijo la señora Elena Lizárraga, que llegó con su nieta de la mano. "Es la fiesta bonita, la que se disfruta sin prisas".
La primera señal de que el Festival había comenzado fue el estruendo profundo de los tambores. Desde el escenario, los integrantes del Centro Ceremonial de San Miguel Zapotitlán llenaron el aire con el Son de Canario, la danza de pascola y la danza del venado.
La gente guardó silencio. Fue un momento de respeto, de admiración y de conexión con un pasado que sigue vivo.
"Ver esto aquí, en Navolato, es recordar que lo nuestro también es grande", comentó José Carlos López, un joven que grababa con el celular.
Y tenía razón. Esa presentación no solo abrió el evento, lo enraizó.
La respuesta de los asistentes
Más adelante, en la zona donde la sombra era poca pero las miradas muchas, las obras de Guadalupe Castro "Lopus Diarakato", Pablo Medina Domínguez y Heriberto López Zavala comenzaron a detener a los asistentes.
"Esto es Navolato", dijo José Ángel Martínez, uno de los señores de sombrero, mientras señalaba una pieza llena de contrastes.
"Así somos: fuertes, coloridos y tercos para salir adelante". Cada pintura, cada trazo, era un recordatorio visual de que el arte también cuenta historias, incluso cuando no dice una sola palabra.
El ambiente se cargó de emoción cuando llegó el momento más simbólico del día: el corte de la caña.
Entre aplausos y gritos de alegría, se realizó el acto que honra los orígenes cañeros del municipio.
"Mi papá trabajó más de treinta años en la caña", comentó Martín Jacobo, un hombre que llevaba a su hija en brazos. "Aquí uno siente como si lo estuvieran recordando".
Es un gesto sencillo, pero uno que atraviesa generaciones. Un momento que une a las familias con sus raíces.
Una gala de estrellas en el Festival
Después de ese instante cargado de memoria, la música tomó el protagonismo. La Banda Sinaloense La de Navo abrió paso a una tarde llena de ritmo y convivencia.
Jóvenes bailando en grupo, parejas tomándose fotografías, niños brincando frente al escenario, señoras emocionadas pidiendo una canción más.
Luego llegaron Cris Angulo y Majo Medina, quienes lograron un ambiente cálido, cercano, de esos que hacen que el público se sienta parte del espectáculo. "No hay mejor lugar que Navolato para cantar", dijo una de las artistas mientras el público respondía con aplausos y silbidos.
Durante estos seis días desfilaron por el escenario diversos artistas como, Jazzyfunkers, Virusz, Cafeina Gris, Orquesta Sinfónica de la UAS, Terceto Mixtli.
Así como la Rondalla Tahue, Bralos Plara, Mike Estrada, Heidi Zepeda, Alejandra Arce, Ross Gastélum, Jesús Arturo Alcaraz, Ballet Folklorico Pueblo Mestizo del maestro Valerio Quintero, Cosmic Flash, Rafael Máruez, Pablo Sainz Garibaldi, Cheché Iribe, Ponpin Show, y The Classic´s.
A un lado, entre el movimiento de la gente y el aroma de botanas y antojos, se veía algo que define por completo al Cañero Cultural: la convivencia.
Los artesanos explicando sus piezas con orgullo, las familias tomándose fotos en cada punto del festival, los jóvenes preguntando por los talleres del próximo año, los adultos mayores observando todo con esa mezcla de nostalgia y alegría que solo da el tiempo. No era solo un evento: era una reunión familiar a gran escala.
La noche avanzó, pero la energía nunca bajó. El escenario iluminado, las luces de colores danzando sobre las cabezas de la gente, las risas, los aplausos, los abrazos.
El Cañero Cultural no es perfecto, ni pretende serlo. Es auténtico. Es cálido. Es de la gente. Y por eso se siente tan propio.
Ocho ediciones después, esta fiesta se consolida como la celebración cultural más importante de Navolato. Fueron seis días donde la Cultura unió a la gente.
Una fiesta que honra la tierra, reconoce a sus artistas, celebra a sus familias y mantiene viva la memoria de quienes hicieron posible que Navolato creciera.
Porque el Cañero Cultural no es un evento: es la manera en que este municipio sigue diciendo, generación tras generación:
"Aquí estamos. Esto somos. Y esto queremos seguir siendo".