La antigua casa diseñada por el ingeniero Carlos Murillo Depraect en la colonia Chapultepec, en Culiacán, hoy es Casa Colibrí Coworking, un proyecto que conserva su arquitectura y demuestra que el patrimonio puede seguir habitándose
Por: Francisco Castro
Culiacán, Sinaloa.- En una ciudad donde muchas casas emblemáticas desaparecen bajo la maquinaria de la demolición para dar paso a nuevos desarrollos, una residencia de más de medio siglo en la colonia Chapultepec tomó un camino distinto: adaptarse a un nuevo tiempo sin borrar las huellas de su pasado.
La construcción que hoy alberga Casa Colibrí Coworking fue concebida hace alrededor de 58 años por el ingeniero civil Carlos Murillo Depraect (1925-2006), uno de los personajes más influyentes en la historia urbana y paisajística de Culiacán.
Fundador del Jardín Botánico de Culiacán, apasionado de la botánica, el paisajismo y la arquitectura moderna, Murillo Depraect diseñó esta residencia como un espacio familiar donde cada muro, patio y jardín respondían a una forma particular de entender la vida doméstica.
Hoy, lejos de convertirse en un inmueble abandonado o en un lote para un nuevo edificio, la casa continúa recibiendo personas todos los días. Solo que ahora ya no llegan únicamente familiares y amigos: llegan diseñadores, arquitectos, emprendedores, psicólogos, creativos y profesionistas que encuentran en ella un lugar para trabajar, colaborar y convivir.
Una arquitectura pensada para permanecer
Aunque Carlos Murillo era ingeniero civil, desarrolló una profunda sensibilidad por la arquitectura gracias al estudio de referentes como Frank Lloyd Wright, Le Corbusier y Roberto Burle Marx. Esa influencia puede leerse todavía en la vivienda.
Los muros de block sólido permanecen prácticamente intactos; los techos de ladrillo aparente con viguetas de acero nunca fueron ocultados bajo capas de pintura; las ventanas de acero, los patios, la distribución abierta y la relación constante con la vegetación continúan definiendo la experiencia del espacio.
Las modificaciones realizadas durante la transformación a coworking han sido deliberadamente mínimas.
"Prácticamente no le hemos movido estructuralmente", explica Germán Miller, ingeniero y codirector del proyecto junto con Gabriela Tamayo Murillo, nieta del creador de la casa.
Las nuevas oficinas surgieron aprovechando habitaciones existentes; el antiguo comedor familiar ahora funciona como espacio de trabajo compartido; una terraza abierta se convirtió en sala de juntas mediante cerramientos ligeros; la vieja cocina evolucionó hasta integrar el recientemente inaugurado Café Néctar.
Y lo que antes fue el invernadero privado de don Carlos, un espacio místico con barras de concreto altas donde realizaba sus injertos botánicos y experimentos científicos, hoy funciona como despachos de marketing y psicología.
La lógica original del inmueble sigue siendo legible.
Una casa que decidió no perder su memoria
La idea de convertir la vivienda en un espacio de coworking nació en 2019, cuando la familia contemplaba rentarla tras la mudanza de la abuela de Gabriela, Carmen Dolores Michelle Blancarte, hoy de 95 años.
En lugar de entregar la propiedad a un uso cualquiera, Gabriela imaginó otra posibilidad: conservar la esencia de la casa mientras se le daba una nueva vida.
El proyecto comenzó prácticamente sin recursos. Muebles donados, mesas rescatadas de la propia cocina, espacios sin aire acondicionado y mucha colaboración marcaron los primeros meses de Casa Colibrí, apenas unos meses antes de que iniciara la pandemia.
Contra todo pronóstico, el modelo sobrevivió.
Más que ofrecer escritorios en renta, el espacio fue construyendo una comunidad donde compartir café, cuidar las instalaciones o colaborar con otros usuarios formaba parte de la experiencia cotidiana.
Las antiguas reuniones familiares dieron paso a charlas sobre cultura, música, ciudad y urbanismo; los cuadros de artistas locales comenzaron a ocupar los muros y la casa volvió a llenarse de conversaciones.
Preservar también es hacer ciudad
Para Gabriela Tamayo, el mayor valor del proyecto no está únicamente en haber recuperado un inmueble familiar. Representa demostrar que las casas históricas pueden encontrar nuevos usos sin sacrificar su identidad.
"Muchas propiedades de la Chapultepec, cuando quedan desocupadas, terminan vendiéndose o demoliéndose. Con ellas también desaparece parte de la historia del barrio", reflexiona.
Esa visión también es compartida por Germán Miller, su esposo, quien considera que la colonia atraviesa una transformación urbana donde el reto consiste en equilibrar nuevos usos con la conservación del patrimonio construido.
Ambos creen que reutilizar edificios existentes fortalece la comunidad, mantiene viva la memoria de los barrios y ayuda a conservar una escala urbana donde todavía es posible caminar, encontrarse y generar vida pública.
En ese sentido, Casa Colibrí trasciende el concepto tradicional de coworking.
Es una demostración de que la arquitectura no solo puede conservarse como objeto patrimonial, sino seguir siendo útil para nuevas generaciones.
Quizá ese sea el valor de la herencia de Carlos Murillo Depraect: una casa diseñada para habitar que, décadas después, continúa cumpliendo exactamente ese propósito.