Desde que era una adolescente soñaba con tener un negocio propio. A los 33 años, Irene Valente Rubio lo consiguió junto a su esposo y hoy su frutería y tienda de abarrotes se ha convertido en un punto de encuentro para las familias de Alturas del Sur.
A las cuatro de la mañana, cuando la mayoría de las familias de Alturas del Sur todavía duerme, Nicolás García Guerrero ya va rumbo al Mercado de Abastos.
Su misión es elegir la fruta y la verdura más fresca para que, unas horas después, Irene Valente Rubio pueda acomodarla en los estantes de Frutas y Verduras GB, el negocio familiar que ambos construyeron con esfuerzo y que hoy abastece a decenas de vecinos.
La historia detrás del negocio familiar
Detrás de cada tomate, cada plátano y cada aguacate hay una historia que comenzó hace casi dos décadas.
Desde los 15 años, Irene soñaba con tener un negocio propio. Le insistía una y otra vez a su papá que le pusiera un pequeño puesto, aunque fuera para vender churritos. Él siempre le respondía que sí, pero el proyecto nunca pudo concretarse.
Con el paso de los años entendió que no era falta de ganas, sino de posibilidades. Ese sueño quedó guardado hasta que la vida le dio una nueva oportunidad.
Hace seis años llegó a vivir a Alturas del Sur junto con su esposo. Ambos conocían el oficio: él trabajaba en el Mercado de Abastos y ella tenía experiencia en tiendas de abarrotes. Así nació la idea de abrir una frutería.
En noviembre del año pasado levantaron la cortina por primera vez. Comenzaron únicamente con frutas y verduras, pero conforme los proveedores llegaban con nuevos productos, Irene decidió ampliar el negocio e incorporar también abarrotes.
Hoy vende desde tomate, papa, zanahoria y calabaza hasta artículos de la despensa que antes los vecinos tenían que buscar en sectores más alejados.
Lograron abrir su frutería en Culiacán
"Por fin se me hizo", dice con una sonrisa que refleja años de espera.
El nombre del negocio también guarda un significado especial. Las siglas GV corresponden a los apellidos de su hija de 10 años, quien los fines de semana ayuda a atender a los clientes y poco a poco aprende el valor del trabajo en familia.
Mientras Nicolás continúa con su empleo en un taller de refrigeración, cada madrugada se encarga de surtir mercancía para que todos los días haya fruta fresca en los anaqueles.
Irene, por su parte, permanece al frente del negocio desde las siete de la mañana hasta casi las nueve de la noche. Son jornadas largas, pero asegura que hace exactamente lo que le gusta.
Durante años ayudó a sacar adelante negocios ajenos. Hoy dedica ese mismo esfuerzo al suyo, convencida de que los sueños no tienen fecha de vencimiento cuando se trabajan con constancia.
En una esquina, frente al parque Fiu Fiu, aquella adolescente que un día soñó con vender aunque fuera unos churritos, encontró finalmente el lugar donde su historia comenzó a dar frutos.