A las cuatro de la mañana, Andrés comienza a amasar la tradición que aprendió en su rancho. Hoy, junto a su esposa, hornea pan que ya es parte de la vida cotidiana de Alturas del Sur
En Alturas del Sur, cuando el cielo todavía está oscuro y la gente apenas empieza a despertar, Andrés Cepeda Astoria ya lleva horas trabajando.
A sus 32 años, es de esos hombres que encontraron en la tradición familiar una forma de salir adelante sin perder el sabor del rancho.
“Como mi esposa y yo somos de rancho… siempre la tradición, la costumbre de hacer pan”, cuenta para Tus Buenas Noticias mientras revisa una charola que, a simple vista, parece cualquier charola.
Pero no lo es. Es la misma que usaron cuando empezaron, cuando salían a repartir casa por casa con una bandeja grande, tratando de no cansarse demasiado. Porque al principio no era negocio; era un gusto.
“Lo hacíamos para nosotros… y lo que sobraba lo salíamos a repartir”, recuerda.
Una receta que se mantiene viva
Ahora su mesa tiene conchas, pan de mujer, pan con Filadelfia y el aroma que se cuela por toda la cuadra.
Ese olor fue lo primero que se volvió anuncio. Los vecinos llegaban diciendo que algo olía a pan recién hecho y preguntaban si vendían. Andrés y su esposa se animaron: pusieron una mesa al frente de su casa y ahí empezó todo.
“La gente que nos compraba antes ha vuelto… y la que no había probado, pues le gusta y vuelve otra vez”, dice sonriendo.
Lo que venden no es solo pan. Es una receta nacida del rancho, de las abuelas, pero también del gusto perfeccionista de Andrés. “Es la base de las abuelas, pero yo le fui criticando… le falta esto, le sobra aquello… hasta que quedó a mi gusto”, dice.
La técnica también es herencia, habla con la naturalidad de quien ya domina los tiempos, los colores y hasta los sonidos del horno. “Son truquitos que vas aprendiendo... la experiencia”, comenta mientras gira una charola sin mirarla.
Andrés Cepeda y su esposa mantienen viva la tradición del pan
Los vecinos son parte de esta historia. Los niños pasan y le dicen: “Siga así, está muy rico su pan”. Y eso, acepta Andrés, lo motiva muchísimo.
Sus clientes han aprendido su ritmo, y él ha aprendido a valorar sus palabras. Tanto, que a veces el pan se termina tan rápido que ni él alcanza a probarlo.
Cada miércoles es día fuerte: se levanta a las 4 de la mañana. Amasa dos kilos de masa, y dependiendo de los pedidos, le agrega un kilo más. Hornea hasta que se acerca la hora de ir a trabajar a la pizzería donde tiene su empleo fijo.
“Es muy pesado levantarse a las 4… pero sale para los gastos: agua, luz… y nos ayuda”, explica.
El pan no solo ha sostenido gastos; también les ha dado pequeños lujos familiares. Con lo que han ganado, han comprado una lona publicitaria, una carpa para protegerse del sol y han podido ir de vacaciones al rancho de su esposa, en la sierra de Durango.
“Gracias al pan este... nos hemos ido de vacaciones”, dice con ese orgullo tranquilo que solo da el trabajo honrado.
La historia del pan de Andrés: de un gusto a un negocio
Su sueño es claro: que el negocio crezca. Que cuando terminen de arreglar el Boulevard Agricultores, más gente pase y los conozca. Y quizá, algún día, levantar su propia panadería.
“Quisiéramos hacerlo más grande… poquito a poquito”, afirma. Mientras tanto, él y su esposa Alejandra siguen ofreciendo su pan desde su casa, ubicada en Paseo Agricultores 4022, casi esquina con Francisco Corneta Ramírez.
Ahí, entre charolas calientes, harina en el aire y el olor dulce que se escapa de la cocina, Andrés sigue construyendo su historia. Una historia de trabajo, tradición y comunidad.
Porque así como él dice, el pan “se acaba muy rápido”, pero el cariño de la gente nunca.
Y en Alturas del Sur, ese cariño ya es parte de su hogar. Al final, Andrés demuestra que cuando algo nace del corazón y se ofrece con humildad, siempre encuentra su lugar. Porque el que trabaja con amor, nunca se queda sin pan.